La democracia implica un culto de las ideas con supresión del culto a la personalidad: importa lo que se piensa, se dice y se realiza mucho más que quién lo haga. La tan cacareada democracia es un sistema político-jurídico denominado técnicamente ‘sociedad liberal de derecho’, y es para gente inteligente y consciente, los llamados ‘ciudadanos’, que son algo más que los actuales trabajadores-consumidores-espectadores.
En el sistema republicano que le debemos a nuestros próceres desde hace ya siglo y medio, yo soy lo importante, el ciudadano. El presidente no es demasiado importante, es el responsable de un poder del Estado y de un enorme cuerpo de empleados públicos que están a mi servicio a cambio de un sueldo. Por descontado que su estatus es alto, pero como profesional. No es el rey ni el emperador, es un funcionario que aunque sea político, asume su mandato con la obligación de hacer un trabajo.
En tanto sigamos siendo tan infantiles de poner a la figura presidencial en un trono (o aceptar que ella así se ponga) y acatar a la corte política y mediática que allí lo sostiene, seguiremos siendo presa fácil de la cohorte delincuencial que habitualmente nos gobierna (oposición incluida) y sólo nos provee de cierta tranquilidad para trabajar y consumir, pero nos priva del efecto de las instituciones que fueron creadas para que nuestra tranquilidad y nuestro bienestar sean mucho más amplios.
En tanto sigamos siendo tan infantiles de poner a la figura presidencial en un trono (o aceptar que ella así se ponga) y acatar a la corte política y mediática que allí lo sostiene, seguiremos siendo presa fácil de la cohorte delincuencial que habitualmente nos gobierna (oposición incluida) y sólo nos provee de cierta tranquilidad para trabajar y consumir, pero nos priva del efecto de las instituciones que fueron creadas para que nuestra tranquilidad y nuestro bienestar sean mucho más amplios.
Es probable que el miedo no sea zonzo, como dice el refrán. De otra forma no se explica tanta obsecuencia y falta de compromiso con las instituciones y con el prójimo. Parece que tendrán que pasar más generaciones para que se eduque al ciudadano libre y responsable que necesita La Nación para volver a ser grande, como solía serlo. Y no estoy hablando de la educación que se imparte en las escuelas, que bien podría entenderse pretenda cierta dirección; sino más bien la que la familia le debe a los niños. Obliguémosnos a enseñarles a que sean libres y responsables, que tengan criterio propio y no teman poder sostenerlo; que se deben in- formar por su cuenta, investigando y no tragando lo que otros quieren que se instale ( así nos ha ido) y que sean lo suficientemente valientes para afrontar los avatares que conlleva el no ser obsecuente con el poder de turno.
ResponderEliminarNosotros tenemos el miedo incorporado. Supongo que porque siempre fuimos pasto de conquistadores, caciques y caudillos brutales, aunque el problema es más complejo y da para mejor análisis.
ResponderEliminarPara poder enseñar libertad, responsabilidad y asertividad (tener criterio propio y no temer sostenerlo sin dejar de respetar a los demás), primero hay que llevar en carne propia esas cosas. Si no, decimos una cosa pero transmitimos otra.
Hay entre nosotros una gran conciencia de clase baja, que nos viene de la colonia y de la inmigración de excluidos. Las clases bajas tienen la idiosincrasia de dedicarse a trabajar, teniendo prohibido el pensamiento, cosa reservada a los niveles altos. El resultado del trabajo ha sido el poder vivir decentemente, y a veces, el que a uno lo dejen vivir, le dejen un lugar en el mundo. Con el progreso del capitalismo y su continua oferta de novedades materiales, el trabajo se convirtió en el acceso al consumo, mediante el cual adquirimos dignidad. Pero seguimos excluidos de la dignidad verdadera, que es el pensar nuestra vida como si fuésemos dueños de ella. Todavía seguimos pensando que nuestras vidas y las de nuestros hijos pertenecen al sistema regido por el poder político.
La mejor evidencia de esto la da el discurso cotidiano de que todo reside en la política y que nuestra única responsabilidad es el voto: vale decir, que delegamos en el poder político el manejo de todo, absolutamente todo. Hemos crecido bajo una frase eternamente repetida: “Yo no entiendo nada de política, sólo quiero trabajar y hacer dinero.”
Habría que hacer incapié en la educación emocional. Que los niños aprendan a identificar sus emociones y puedan usar esas herramientas en logro de objetivos (éticos, morales y económicos, pero no solo y exclusivamente económicos) que puedan ser ellos mismos y no lo que la sociedad pretenda para su beneficio propio. Que no tenga como premisa solo trabajar y hacer dinero y pueda aspirar a lograr integrar su bienestar físico y emocional. El fracaso del modelo educativo actual, basado en paradigmas obsoletos que no se condicen a las necesidades actuales, queda evidenciado por los constantes y perniciosos cambios y reformas que insisten en lo mismo: modificar una y otra vez proyectos y metodologías que se centran en lo cognitivo, ignorando la importancia de una sana vida emocional de los niños y las personas responsables del mismo. Por tal motivo es de vital importancia, proveerle las herramientas para ser conscientes de su situación, sentimientos y pensamientos. Porque si solo percibe su realidad familiar, creerá que es la única y es sabido que los patrones de comportamiento en general se trasmiten de generación en generación y como está la sociedad actualmente, está comprobado que en muchos casos existe violencia, física o verbal, abandono emocional, abuso, ect. Entonces para sacarlo de ese círculo vicioso y perjudicial para él mismo y para toda la sociedad, habría que instruirlos en este tipo de inteligencia. Con este tipo de individuos se podría aspirar a que tengan inquietudes que apunten al bien común, al ocio intelectual y a la evolución de la sociedad que aspire a una apertura mental que tenga la finalidad de procurar grandeza y no miseria para su prójimo.
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