jueves, 23 de febrero de 2017

¿Por qué no hay cambios?

 Esta es la pregunta que nos atormenta día tras día, mes tras mes, año tras año, mandato tras mandato ¿por qué la política no cambia nunca, por qué cada gobierno parece calcado del anterior en lo que hace, por más que sea muy diferente en lo que dice? Acá va un intento de respuesta.
Por un trabajo que estuve haciendo, recopilé algunos datos; es sobre la policía bonaerense. Y lo que veo, es que en esa fuerza hay 48 mil efectivos y que en todo ese rejunte que llaman 'las policías de la provincia' hay otro tanto, o sea una suma de 100 mil. El promedio de sueldos netos es de $16.000 y si agregamos cargas sociales, podemos llegar a un gasto salarial de 2.000 millones al mes, 24.000 millones al año.
 El armamento apenas se renueva y no son armas caras; los uniformes no representan nada comparado con los sueldos, y la renovación del parque automotor puede llegar a 500 unidades anuales, que no pasan de 200 millones. En infraestructura apenas se gasta y las subvenciones a las dependencias son mínimas, porque las mantiene la población. En mi ignorancia, no veo otras fuentes importantes de gastos (no sé, luz, gas, teléfono), y puedo estirarme a un estimativo de 25 ó 26 mil millones.
 Restaría el servicio penitenciario provincial, que es una estructura muy chica comparada con la policial, pero que sí lleva gastos de infraestructura. Entonces, llevo el total a 30 mil... a 32 mil.
Y el presupuesto para 2017 del Ministerio de Seguridad de la Provincia es de $49.000 millones. ¿Se entiende?
 ¿Se puede entender lo que es llegar a ministro y agarrar semejante pedazo de plata donde para que se note un faltante tiene que ser muy grande, donde el que me tendría que investigar está en la misma que yo, y donde tengo más de 15 mil millones para gastos de publicidad, con los impresionantes retornos que eso conlleva?
 ¡Qué voy a cambiar las cosas! Yo no cambio nada por las dudas; me quedo quieto hablando pelotudeces frente a las cámaras mientras espero tranquilo el presupuesto del año que viene, y así por 4 años...




 Bien, no seamos como ellos, seamos ecuánimes y hagamos concesiones: digamos que el Ministerio tiene que mantener las cárceles y las escuelas de las policías descentralizadas (mentira, a esas las mantienen los municipios) y fijemos en 12 mil millones el excedente presupuestario. Un 25%.
Si esto se aplica por igual a todas las carteras (no veo por qué no) y siendo el presupuesto total de la provincia de 500 mil millones, nos quedan 125 mil en el aire, y esto en política significa una sola cosa: una caja partidaria.
 O sea, boludos amigos, que nosotros padecemos las necesidades que padecemos porque la clase política dispone que el valor de, por caso, 200 mil viviendas sólo en la provincia de Buenos Aires, se desvíe (no voy a decir destine) a publicidad de dos tipos: de la gestión del gobierno de turno y de la campaña electoral permanente. Esta es la forma en que se financian los partidos, amigos boludos, y tengan además en cuenta que la publicidad es el negocio que más retornos puede ofertar porque sus precios no tienen parámetros, se fijan ad-hoc y en general los pone el cliente en base a la coima que espera recibir.
 No es que hay empresarios que ponen plata o que colabora el narcotráfico: jamás podrían siquiera empezar a hablar de montos así. Esto lo ponemos nosotros y a cualquier partido, no al que adherimos. Y no vamos a romper y prender todo fuego, porque somos tan pelotudos que en vez de ver ésto, lo que vemos es que somos peronistas y esto lo está haciendo Macri, o que somos macristas y esto lo hizo Scioli.
 La verdad, no se puede creer que haya 42 millones que individualmente son inteligentes y puestos todos juntos conforman semejante masa de pelotudos que se la pasan hablando de los pobres y no miran a los nuevos ricos que cada gobierno saliente deja de a toneladas.

UNA NACIÓN

 Una de las maneras de distinguir a una nación es por la existencia de súbditos y la voluntad de esos súbditos de dar la vida por ella. Se da la vida en combate, en actos de arrojo, o asumiendo misiones de riesgo, porque se siente orgullo de la propia nación y honor de pertenecer a ella. Y un político se considera un servidor público extremo comprometido de por vida con su nación y que trabaja con seriedad por su patria. Una nación es algo que su gente lucha por imponer en el mundo, y vive pensando en que escale o al menos mantenga posiciones en el concierto internacional. Así es en los países antiguos de Europa y Asia, y en los nuevos de América del Norte. Y fue en los engendros políticos donde se obligó a coexistir a naciones diferentes, en los cuales el sentimiento nacional derivó en guerras sangrientas (Yugoslavia, por ejemplo).
 En Argentina, nadie piensa en dar su vida voluntariamente por su país, porque no son de esa clase las cosas que ese país despierta. Como tampoco los políticos son patriotas y la gente piensa en el lugar mundial de su país. Por lo tanto, no existe una nación. Existe un país (como estado), una sociedad, una economía, y relativamente, una patria. Y la nación queda circunscripta a los libros escolares, a esa mística construcción militar que viene del Siglo XIX y se mantiene viva en cuarteles monásticos, en el discurso falaz y manipulador de los gobiernos populistas que la quieren dividida, y en los eventos deportivos internacionales. Pero ningún argentino va a ofrecer su vida por esas cosas, y tampoco hace falta, porque Argentina es bien aceptada así como es: un mercado cambalachero bien surtido de todas las pavadas faranduleras posibles, donde el máximo sacrificio puede consistir en soportar una derrota en el fútbol o donde la última vez que se gritó “¡La vida por alguien o algo!” fue por Perón, y lo que en realidad se hizo fue tomar vidas ajenas.
 Fuera de esto, lo que hacemos bien es despreciar a las naciones que llamamos imperialistas y que fueron construidas sobre las vidas de miles de sus súbditos y son sostenidas sobre la hipótesis de sacrificio de otros miles que están vivos; y no tenemos ni queremos más problemas, que además nadie nos va a exigir que tengamos. No es una mala vida y estamos cómodos así; pero no llamemos a esto una nación, cosa que tampoco nos hace falta.