lunes, 9 de febrero de 2015

PATÉTICA SUBJETIVIDAD

Este ¡Gran pueblo argentino, salud! que salud sería precisamente lo que más está necesitando, atraviesa otra de las incontables pruebas que su mal labrado destino está presentando a su subjetividad. Llamativa, pintoresca subjetividad.
En el sistema republicano que le debemos a nuestros próceres desde hace ya siglo y medio, yo soy lo importante, el ciudadano. El presidente no es demasiado importante, es el responsable de un poder del Estado y de un enorme cuerpo de empleados públicos que están a mi servicio a cambio de un sueldo. Por descontado que su estatus es algo, pero como profesional. No es el rey ni el emperador, es un funcionario que aunque sea político, asume su mandato con la obligación de hacer un trabajo. En tanto sigamos siendo tan infantiles de poner a la figura presidencial en un trono (o aceptar que ella así se ponga) y acatar a la corte política y mediática que allí lo sostiene, seguiremos siendo presa fácil de la cohorte delincuencial que habitualmente nos gobierna (oposición incluida) y sólo nos provee de cierta tranquilidad para trabajar y consumir, pero nos priva del efecto de las instituciones que fueron creadas para que nuestra tranquilidad y nuestro bienestar sean mucho más amplios.

Un fiscal muerto dispara una vez más los remanidos mecanismos mentales que sostienen esa retrogadación de siempre, la misma que nos mantiene una o dos centurias atrás en cuanto a mentalidad cívica o política. Todos tenemos una versión de los hechos, pero existe casi una versión por persona. Y es una versión arbitraria y fantástica, puesto que no se cuenta con información pública suficiente acerca de la investigación y acerca de este hecho en sí. No alcanzamos a entender la necesidad de contar con una versión unificada y compartida, ni que en cuestiones criminales la única opinión posible es la que de acuerdo a Derecho (a la Ley) emana de quienes tienen acceso directo a los hechos, que no son los periodistas. Hay una institución básica que se ocupa con exclusividad de estas cosas y que tiene todas las facultades necesarias a ese cometido y es la Justicia, o sea, el aparato judicial-policial. Y no hay ninguna otra fuente de verdad en ese ámbito.
Empero, nuestros periodistas puentean a la Justicia tachándola de inconfiable y generan ellos su propias verdades, sin tener contacto fehaciente con los hechos; desacreditan a los funcionarios judiciales para asumir ellos la producción de verdad. Y nosotros se la compramos alegremente, sabiendo que son informes parciales y amañados, a los cuales encima agregamos la literatura personal de cada quien. Y así, la verdad pasa a incluirse en el chismerío barato que diariamente nos provee el negocio del entretenimiento, al cual los periodistas pertenecen.
El crimen no se inscribe en el entretenimiento, es algo más serio que eso porque tiene que ver con el dolor y la muerte que nos causan congéneres nuestros. No es área de la farándula sino de la Justicia, que es un servicio público (para todos y cada uno) obligatorio y gratuito. Yo soy su destinatario, no los periodistas. Estos deben limitarse a publicar los contenidos del expediente judicial, en lugar de hacer las deliradas y hasta cómicas conjeturas con que alimentan la curiosidad popular. Y con las que de paso, construyen esta subjetividad desmañada, tonta, primitiva, de la que hacemos gran gala cada vez que algo tremendo acaece y nos vemos ante la necesidad psicológica de ser dueños individuales de la verdad al respecto.

La verdad puesta a nivel individual no es más que la versión que a mí más me gusta de los hechos; y si es la que más me gusta, es porque es la que más necesito psicológicamente, la que mejor llena mis inseguridades y carencias personales. Y lo que está primando es la sempiterna visión conspirativa, donde todo es una intriga de palacio con los poderosos empleando a sus esbirros para matarse entre ellos. Por caso, la muerte de Mariano Moreno en 1811 no fue por una enfermedad sino un asesinato; y esto se dice, cree y sostiene sin el menor asidero concreto, sin la menor prueba o indicio consistente. Significa que yo decido creer que fue así, no que estoy queriendo conocer la verdad.
Si lo que necesito es ver que los gobernantes y demás poderosos son ilimitados e impunes, es porque de esta manera confirmo mi angustiante sensación de pequeñez, de ser nadie y nada, de no tener la menor influencia. Esto no es el ciudadano, no es lo que este presunto sistema democrático nos dice que somos. Esto corresponde al sujeto de la chusma y el populacho, el vasallo clientelar, el súbdito del tirano, el siervo del dueño, al enano totalitario, a quien sólo existe en la medida en que logra confirmar a sus grandes jefes en sus grandes sitiales de gran poder. A fin de cuentas, al que tiene miedo y sólo logra conjurarlo mediante fantasías y distracciones.
La verdad no le interesa, no es asunto suyo; da por sentado que por más que la tuviese, nada podrá hacer con ella contra el infinito poder que tienen en el palacio.
Y los periodistas, que debieran preocuparse exclusivamente por defender nuestra condición de ciudadanos proponiéndonos opinión acorde, están mucho más preocupados por defender el negocio de quienes les pagan.

No hay comentarios:

Publicar un comentario