Sea
cual fuere la forma y causa de su deceso, el fiscal Nisman tuvo una muerte
violenta como consecuencia de su trabajo, del trabajo que hacía por varias de
las instituciones fundamentales del país (el Estado, la Justicia, la Ley, la
persecusión del crimen, la seguridad pública). Asesinado o con suicidio
inducido o cometido, no puede existir duda de que fue en íntima relación con lo
que hizo durante la última etapa de su vida. Nosotros no podemos permanecer
como los habituales espectadores y adoradores de famosos que somos; esto tiene que movernos a revertir nuestra
condición de cholulos reblandecidos por el fárrago mediático para intentar
hacernos, aunque fuere por esta vez, ciudadanos militantes. Estamos obligados a
valorar, reconocer y agradecer lo que Nisman hizo por nosotros, esto es, jugar
su seguridad y tranquilidad y las de su familia, que era lo que más quería,
para hacer su trabajo.
Nisman
nos quería también a todos nosotros, y por eso, únicamente por eso, se dedicó a
todo riesgo al trabajo que aceptó. Más allá de férreas convicciones que sin duda él tenía, sólo por una cosa se hace algo así: por
interés en los destinatarios y por su eventual reconocimiento. Podía haberlo
hecho de manera más tibia, o más especulativa, midiendo el riesgo: nadie lo iba a notar y de todos modos
iba a permanecer en su puesto todos estos años. Pero lo hizo de manera
comprometida, no existe posibilidad de duda. Ese trabajo no fue fabricar suntuarios
o entretenimiento, sino llevar adelante una construcción institucional, aportar
algo contundente al sentido que la Justicia como organismo debe tener en
nuestra comunidad.
Los
de la farándula no construyen nada, sólo destruyen: destruyen valores,
costumbres, normas, convivencias, bienestares. Tienden a la anomia y la
disolución, son reprochables, deleznables. Pero vivimos para mirarlos. Y
miramos poco y nada a los argentinos que trabajan por nuestro bienestar a
través de la organización y preservación de las instituciones, y que sólo van a
tener fama cuando los medios los pongan en alguna pantalla porque vislumbran
que van a sacarle algún provecho medido en dinero (rating). La farándula no piensa en el
país o la sociedad; los fiscales sí, porque están para eso, esa es la esencia
de su rol.
Es así,
a pesar del tiempo que hace que los periodistas los vienen poniendo como
inconfiables y malintencionados. Han hecho eso con todos los funcionarios
públicos que hacen al orden en el país, simplemente porque hace tres décadas,
desde el fin de la dictadura militar, que ello les hace el mejor negocio. Y a
ellos, lo único que siempre les importó, fueron sus ganancias.
A muchos
funcionarios de carrera, quizás también. Pero además de eso, tienen el servicio
en sus raíces y en sus venas, y sólo por eso, ya son mejores que los de la farándula.
Son más útiles y más importantes para nosotros.
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