domingo, 7 de junio de 2015

EL ARGENTINO MEDIO


Resumiendo un poco, una semblanza que refiere al nombre.
Tenemos no solo los gobiernos, sino la élite dirigente que nos merecemos, massmedia incluidos.
Allí está el argentino medio, el mismo que pulula por las calles. Argentino medio no quiere decir todos los argentinos, o el modo de ser argentino: apela al espécimen predominante, el ejemplar promedio. Tampoco significa que una mayoría haga todas las cosas negativas: las cosas se van repartiendo, de modo que hay personas que hacen unas y otras personas que hacen otras. Vale decir que el promedio no es una cantidad de gente sino un cúmulo de actos que una mayoría de gente ejecuta.
Observamos entre nosotros argentinos una predominancia de estas cosas:
El que elige fanatizarse con ídolos en lugar de asumir su protagonismo. Y llegó a creer que el país es el presidente, que el país es lo que el presidente dice y hace.
El que adora el poder, la fama y la riqueza, y coloca por encima de sí mismo a cualquiera que los detente. Que por eso tolera cualquier abuso por parte de cualquier poderoso, a quienes contempla sin crítica alguna: todo lo que ellos hacen es estupendo.
El que tras varias generaciones, todavía es un europeo que vino a hacerse la América, es decir, a hacer dinero y posición en un ámbito que no siente como completamente suyo y con el cual no está completamente comprometido.
El que permite que todo lo anterior obnubile, invalide y desarticule las muchas virtudes que posee y que sin duda bastarían para darle a la Nación una política de provecho. Porque ese argentino promedio es una persona bondadosa, con una cultura de la inteligencia y el esfuerzo, con una historia nacional valiosa, y con enormes ansias de progreso.

Esas particularidades no corresponden al pueblo de una sociedad liberal de derecho (democracia).
Pero en gran parte, el pueblo argentino no ha sido liberal ni de derecho, sino una sociedad totalitaria que quiere jefes, quiere poderosos, quiere famosos, quiere padrinos, caudillos, reyes, gurúes e ídolos. Que sí ha querido limosnas, sí que le regalen cosas, sí vio al Estado como la mano que tiene que dar de comer y dar de ganar, y sólo vio que los perjudica aquel que no les regala nada.
Este no ha sido un pueblo de valientes, de atrevidos, de pioneros o de innovadores. En todos sus niveles y actividades, fue un pueblo de dependientes y timoratos que piden que les den, copian lo que ya se hizo y suplican por amparo. Que lloran para mamar y reclaman cosas que no se ganaron.
Por eso que aquí siempre anidaron el fascismo militar y la demagogia populista; o sea, los que dan las cosas servidas, aunque den basura.

Entonces, tendríamos que abandonar la relajación del lugar de súbdito o vasallo clientelar, la zona de descanso político, donde pensamos, hablamos y actuamos como nos gusta y nos viene, sin la responsabilidad de esforzarnos constantemente en aprender y descubrir, y a tenor de lo que resulte, comprometernos en una crítica y una acción.