Hace casi dos años volví a hablar de política, hábito impropio e insalubre que retomé luego de muchos años de silencio. Sobre todo silencio interior, el más útil y gratificante, significando ésto que me chupaba un huevo la política puesto que no me considero participante de ella y resulta ocioso votar, pensar y discutir en algo en lo que nada voy a influir. Pero es un hábito que puedo volver a dejar sin demasiado esfuerzo, y estoy a punto de hacerlo.
Lo retomé porque estaba harto de ver, oler y tragar la onda criminal del gobierno kirchnerista sin decir nada, como otorgando, y porque fueron demasiado para mí el asesinato de Nisman y sus circunstancias de antes y después.
Pero hoy, lo que encontré es, amén de una reconfirmación de mi nulo protagonismo, una cantidad de gente que yo debería respetar y varios que son mis amigos, que fueron y siguen siendo K, incluso a pesar de que algunos de los delitos del régimen han sido develados (sólo algunos, pero con suficiente certeza). Vale decir, que hay medio país al que no le importa que gobiernen criminales (esto no es peyorativo, criminal significa solamente estar incurso en conductas reprimidas por el Código Penal de la Nación), y es el medio país que además se queja de la inseguridad. O sea, que tiene esa selectividad argentina tan peculiar como incomprensible: algunos criminales son buenos y hay que dejarlos tranquilos, y otros son malos y hay que meterlos presos (y si se cuadra, matarlos).
Y como para ampliar la desazón, encontré también que hay mucha gente K que no cree ni admite las investigaciones de la Justicia y considera al viejo régimen como una víctima inocente de inculpaciones fabricadas por jueces politizados. Y encontré también que hay otros que no quieren ver ni saber nada de nada, y serán K se pruebe lo que se pruebe.
Bien, ahí viene mi mayor problema. Porque para mí un delincuente es un delincuente y voy a querer que se lo persiga (legalmente, claro) excepto que sea un pariente directo o amigo íntimo mío, en cuyo caso hasta el mismísimo Código Penal me lo consiente (por caso, yo no entro en encubrimiento cuando encubro el accionar delictivo de un amigo íntimo). Y como counselor, yo atendería y aceptaría a cualquier clase de delincuente, a quien brindaría mis mejores servicios en su calidad de persona, siendo que la persona es lo primero y está antes que todo lo demás, incluso si esa persona es delincuente.
Pero fuera de estos casos, a todos los demás los quiero perseguidos, porque de eso se trata el sistema social en el que hace mucho vivimos, y yo no debo romper los códigos de tal sistema, como lo hace la mitad kirchnerista del país.
Entonces, estoy considerando volver a llamarme a silencio político porque primero están las personas de mis amigos, mi relación con ellos y el respeto que les debo, y cada vez estoy escribiendo más fuerte y descomedidamente acerca de los criminales políticos que ellos apoyan, y llega un punto en el que tengo que enojarme con mis amigos y con las personas que yo respeto. Para mí el delito es un asunto serio, es uno de los pilares de la sociedad, y con el crimen y la sociedad no se jode. Y yo, de joda no estoy.
Está dicho que de religión y política no se habla; acá encima no estamos hablando de ideas políticas sino de ideas criminales, y yo ideas criminales no puedo discutir porque ya las discutieron los que hicieron el código. De modo que voy a abocarme a resolver esto lo más rápido que me sea posible, pero lo más probable es que vuelva a cerrar la boca y dejar los dedos fuera del teclado, en este tópico.
Vamos a hablar acerca de nuestra sociedad, una sociedad de irresponsabilidad ilimitada. Cuestionaremos el medio institucional (argentinomedio), la subjetividad del ser nacional promedio (argentinomedio) y, muy especialmente, a los medios masivos de comunicación social (argentinomedio). No haremos política, salvo revisar los conceptos con los que se nos educa y dirige. Quedan invitados quienes quieran colocarse fuera de la liviandad que nos es habitual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario