Uno se la pasa pensando la política y tratando de razonarla con los demás, y no se da cuenta de que es en vano. La política de hoy día, quiero decir desde que existe el voto, está pensada con la forma de una república, es decir de una ingeniería política de cierta complejidad que requiere de la razón para ser comprendida por quien va a elegir a las personas que la harán funcionar.
Por otra parte, las ideas políticas de hoy día, desde que cayeron los grandes relatos del Siglo XX, revisten cierta complejidad y requieren de una capacidad de análisis antes de decidir. Y la calaña de las personas que hay hoy en oferta para ocupar los cargos de la república, merece no una mínima sino una máxima actitud crítica para torcer esa tendencia a ponerle el voto a un facineroso.
Empero, todo en política está mal porque una gran mayoría de votantes no emplea la razón, lo cual impone la inexorable conclusión de que todavía la república no cuenta con suficiente gente que pueda operarla, porque todavía la política es un hecho afectivo: la gente no aborda la política con la razón sino con la emoción, esto implica que la gente todavía no está a la altura de la inteligencia que la propuesta republicana demanda. La gente de la mayor parte de los pueblos del mundo, todavía está para ser gobernada por monarquías y autocracias, por ídolos e íconos, porque no puede pensar, y lo que uno mismo no puede pensar van a pensarlo otros para que luego uno adhiera sin entender bien.
Si hiciese falta un ejemplo, bastaría mirar la cantidad de gente que en Argentina es al mismo tiempo peronista, comunista y kirchnerista, o es presa de las emociones que les generan posiciones políticas con tantas disparidades, porque lo único que les interesa es tener la emoción. Quizás sean amantes de la revolución o de las izquierdas: pero la revolución y la izquierda son temas delicados que siempre parten de una elaboración ideológica previa al compromiso afectivo que luego origina. No existe la revolución descerebrada, como no existe la república descerebrada.
Es decir, seguimos sin república y sin revolución, o sea, sin nada.
Vamos a hablar acerca de nuestra sociedad, una sociedad de irresponsabilidad ilimitada. Cuestionaremos el medio institucional (argentinomedio), la subjetividad del ser nacional promedio (argentinomedio) y, muy especialmente, a los medios masivos de comunicación social (argentinomedio). No haremos política, salvo revisar los conceptos con los que se nos educa y dirige. Quedan invitados quienes quieran colocarse fuera de la liviandad que nos es habitual.
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