¡Qué evidente necesidad tiene esta gente de que los desaparecidos sean muchos...! Yo, que no desaparecí a ninguno pero estuve expuesto a los ataques arteros de los que supuestamente estaban destinados a desaparecer -pero que en cambio están disfrutando la plata de los secuestros y la del erario público, mientras los que desaparecieron fueron otros- día y noche en la calle cuando no había chalecos antibalas, me pongo contento si baja ese número, porque también baja la tragedia en la que todos los argentinos estuvimos implicados, todos. Todos pedimos a gritos la dictadura y todos guardamos silencio cuando después la dictadura estaba haciendo cosas que no habíamos pedido.
Marcos Aguinis le dijo hace unos meses públicamente a Carlotto que era una 'mujer despreciable'. Y yo creo que cualquiera que se enoja porque un estudio estatal fundamentado arroja un guarismo que no le conviene y lo transforma en una afrenta personal o un ataque malicioso, no está precisamente preocupado por esclarecer una situación sino por defender los elementos políticos y simbológicos que le dieron y le preservan un determinado lugar, a ella y a toda la frondosa cohorte de vividores que generaron este interminable negocio de la memoria con una cosa que en cualquier otra sociedad del mundo se habría resuelto en diez años.
Por eso y más allá de la tarea de devolución de la identidad a nietos secuestrados, cuyo valor hay que reconocer, en casi todo -enfatizo el 'casi', hay alguna gente seria- este ámbito de los DDHH de la insurgencia setentista (DDHH que no son los reales y completos sino unos absolutamente limitados, direccionados y parciales) campea la misma condición de 'despreciable' que caracterizó a la subversión que originó el problema. No fue una guerrilla noble: los hijos de esta gente que necesita números altos de víctimas fueron vulgares terroristas despreciables, asesinos de civiles ajenos a todo o de inocentes conscriptos, imberbes sedientos de sangre alimentados con odio desde los biberones, que salvo las decapitaciones no tienen nada que envidiarle al ISIS.
Esto ya es historia, el Nunca Más está dicho e incorporado a nuestro pensar. Pero ellos se esfuerzan por mantener todo aquello vivo en el presente porque de ahí devienen sus lugares y su acción y objetivo fundamentales: necesitan mantener inflados los números porque de ellos proviene la fuerza político-mediática que emplean en mantener la impunidad y las indemnizaciones. Una considerable baja en la cifra los debilita no sólo en el contexto nacional, sino frente al Primer Mundo, el imperio capitalista que dijeron combatir y que es de donde desde siempre obtuvieron las principales fuentes de apoyo. Despreciables es la calificación para estos farsantes que no quieren terminar de jugar con el odio, mayormente sustentado en la mentira.
Los números hechos en su momento por la CONADEP no han sido serios, como tampoco es serio haber puesto en un informe tan delicado como fue aquel una cifra especulativa cualquiera y seguir sosteniendo la fábula de que hay archivos militares sin abrir. Y si los hubiese, sería exclusiva responsabilidad de un gobierno que coqueteó con los militares a la vista de todos y que estuvo doce años sin hacerlos abrir, teniendo todas las facultades y medios para hacerlo. O sea, que amparó la clausura y el ocultamiento de esos supuestos archivos.
Este es el tema más grave de toda la historia argentina, y seguimos incluyéndolo en nuestro patológico mundo de delirio colectivo y espectáculo crónico, donde ya está irremisiblemente instalada esta patética farándula de la memoria.
Vamos a hablar acerca de nuestra sociedad, una sociedad de irresponsabilidad ilimitada. Cuestionaremos el medio institucional (argentinomedio), la subjetividad del ser nacional promedio (argentinomedio) y, muy especialmente, a los medios masivos de comunicación social (argentinomedio). No haremos política, salvo revisar los conceptos con los que se nos educa y dirige. Quedan invitados quienes quieran colocarse fuera de la liviandad que nos es habitual.
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