jueves, 23 de febrero de 2017

UNA NACIÓN

 Una de las maneras de distinguir a una nación es por la existencia de súbditos y la voluntad de esos súbditos de dar la vida por ella. Se da la vida en combate, en actos de arrojo, o asumiendo misiones de riesgo, porque se siente orgullo de la propia nación y honor de pertenecer a ella. Y un político se considera un servidor público extremo comprometido de por vida con su nación y que trabaja con seriedad por su patria. Una nación es algo que su gente lucha por imponer en el mundo, y vive pensando en que escale o al menos mantenga posiciones en el concierto internacional. Así es en los países antiguos de Europa y Asia, y en los nuevos de América del Norte. Y fue en los engendros políticos donde se obligó a coexistir a naciones diferentes, en los cuales el sentimiento nacional derivó en guerras sangrientas (Yugoslavia, por ejemplo).
 En Argentina, nadie piensa en dar su vida voluntariamente por su país, porque no son de esa clase las cosas que ese país despierta. Como tampoco los políticos son patriotas y la gente piensa en el lugar mundial de su país. Por lo tanto, no existe una nación. Existe un país (como estado), una sociedad, una economía, y relativamente, una patria. Y la nación queda circunscripta a los libros escolares, a esa mística construcción militar que viene del Siglo XIX y se mantiene viva en cuarteles monásticos, en el discurso falaz y manipulador de los gobiernos populistas que la quieren dividida, y en los eventos deportivos internacionales. Pero ningún argentino va a ofrecer su vida por esas cosas, y tampoco hace falta, porque Argentina es bien aceptada así como es: un mercado cambalachero bien surtido de todas las pavadas faranduleras posibles, donde el máximo sacrificio puede consistir en soportar una derrota en el fútbol o donde la última vez que se gritó “¡La vida por alguien o algo!” fue por Perón, y lo que en realidad se hizo fue tomar vidas ajenas.
 Fuera de esto, lo que hacemos bien es despreciar a las naciones que llamamos imperialistas y que fueron construidas sobre las vidas de miles de sus súbditos y son sostenidas sobre la hipótesis de sacrificio de otros miles que están vivos; y no tenemos ni queremos más problemas, que además nadie nos va a exigir que tengamos. No es una mala vida y estamos cómodos así; pero no llamemos a esto una nación, cosa que tampoco nos hace falta.

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