Gran parte de
los argentinos manifiesta un creciente agobio. Ya no es sólo dolor por la
inflexible decadencia política, económica y social, sino cansancio. Agotamiento. Nos hundimos por
propia voluntad, al haber entregado por más de 70 años el timón de nuestra nave
a una variopinta legión de malos o ineficaces dirigentes.
Pero la vida
independiente (luego de la colonia) estuvo signada por un conflicto que no cesa entre los proyectos
ilustrados y verdaderamente progresistas contra los que prefieren el corral de
la infancia pretérita, tan amada por el "revisionismo" histórico. La
infancia pretérita es el pater familias, el caudillo omnipotente e
infalible, el servilismo a cambio de la protección, la lealtad en vez del
mérito, una corrupción sin límites ni vergüenza, descalificación de los
adversarios, silenciamiento de la prensa, apropiación del Estado, devastación
de las instituciones que garantizan la democracia, anhelo de perpetuación,
hipocresía en el discurso, estímulo incesante del odio entre los ciudadanos,
técnicas extorsivas.
Los proyectos ilustrados y verdaderamente
progresistas, al revés, buscan los modelos que miran hacia futuro, que
dignifican a cada hombre y mujer, que ponen a todos bajo límites de leyes
sabias, parejas y estables, que jerarquizan el trabajo por encima de las
limosnas, que premian el esfuerzo, que ponen una obligación junto a cada
derecho, que estimulan el respeto del individuo por encima de sus creencias.
Es penoso observar los discursos presidenciales por la cadena nacional. Digo observar y no escuchar, porque lo que ella dice -con contradicciones, soberbia y el esfuerzo de imitación al desenfado tropical de Chávez- será material de realismo mágico dentro de poco. Deprime ver a hombres y mujeres convertidos en aplaudidores y sonreidores indignos que festejan hasta los errores.
Desde el poder se trabaja para bloquear los caminos del pensamiento crítico, la iniciativa individual, el mérito, el esfuerzo genuino, la decencia y el imperio de las leyes. Desde las altas esferas se realiza lo inimaginable para proteger a megadelincuentes.
Marcos Aguinis (extractado de La Nación, 24 de mayo de 2013)
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